La Pluie

Agosto diluviaba a ratos sobre el pequeño apartamento en Montparnasse, cubriendo la atmósfera del picante olor que precede a la tormenta. Diana entonces agarraba la chaqueta, se calzaba las deportivas y salía por la puerta sin hacer ruido. Poner un pie en la calle, que empezaba a mojarse, era volverse libre de repente. Con las manos en los bolsillos miraba a la gente resguardada en los portales, corriendo con los hombros encogidos bajo el chaparrón imprevisto, maldiciendo entre dientes. Ella por el contrario bajaba tranquilamente la Rue Franquet, en dirección al parque Georges Brassens. De tanto en tanto alzaba el rostro hacia el cielo, las gotas recorrían el perfil de su nariz, podía saborear el agua en la boca, le empapaba el cabello corto, y por las perneras de los jeans escalaba la humedad. Le hacía reír aquella caricia inocente, tan despojada de propósito, que le erizaba la piel bajo la chaqueta. Cruzaba Le Marchè du Livre Antique, que a fuerza de mañanas merodeando había convert...