A lomos del Caimán

06 agosto 2009

La caída de la flor del cerezo

Me inclino sobre la anthurium y juego a que mis manos recojan con delicia las hojas secas, una a una. Un ritual estival, el blanco salón se ha llenado de plantas que esperan armoniosamente mis cuidados.
Mis manos, insospechadamente sabias están oscurecidas de substrato. Son un cuenco que se llena de tierra, conscientes de la grave liviandad que supone esa materia, vida concentrada en el puño pequeño.
Las garzas de mis manos van quietamente recorriendo. Enderezan una guía para la monstera. Fertilizan las futuras flores. Van eliminando sin tijeras, tan solo con un chasquear del pico, las hojas que son un peso que dejar atrás. Tengo cien años.
Suena el CD que me trajo Lu Wei cuando vino a vernos. Hay sonidos de viento madera que no reconozco, y cuerdas que son pulsadas y me hablan en otro idioma. Tanta quietud.
Desentierro con los dedos los bulbos dormidos de verano, y la música tal vez me trae a la memoria algo que me dijeron, hace algún tiempo, unos ojos azules. Cómo se imbrican a veces el dolor y la maravilla, y cómo yo le iba a recordar a la caída de la flor del cerezo en Japón. Todos salen a verla, porque al fin y al cabo, es una bella alegoría de la muerte.
Salgo de mí misma y descubro a M. en el quicio de la puerta, mirándome. Largamente.
- Léeme- le pido
- ¿El qué?
- Poesía- le respondo como si fuera obvio
Vuelve con los dedos buceando ya entre las páginas Neruda, se sienta y cruza las piernas largas. Su voz es más poesía y no lo sabe.
“…madera salpicada, amo tus manos heridas por el mar, tu cabellera inmóvil sobre tus ojos que escrutan el horizonte redondo, los límites, la primavera marina. Aquí se detuvo tu reino: tu última nave es mi pequeña vida.”

Me despierta la luna llena en la asfixiante madrugada de Madrid. El calor se enreda desnudo por mi cuerpo. He soñado barcos que abandoné, la inmersión, plena de alegría, en el Egeo transparente, y antiguos amantes que dejé atrás. Abro los ojos y las puntas de mis dedos recorren la silueta del amor que duerme al lado y que no voy a dejar. Se despereza, gruñe. Cojo su mano y la paso por mi hombro, por mi cintura, sube mi cadera, la dejo entre los muslos…
Ven, léeme, susurro…
Tengo quince años de insomnio en la piel.

27 mayo 2009

Santorini.Azul y blanco sobre la luna del volcán

La proa de la embarcación iba adentrándose, como un pez despistado y feliz, en el banco de calima. Había algo en aquel simulacro de nube que potenciaba el olor a mar y el cabeceo de la nave. Tal vez era la forma en que la humedad se posaba en la piel y la acercaba al escalofrío sin cruzarlo, capaz de hacerte sentir en el mismo despertar del día, como si estuvieras navegando sobre la mañana.
Por un momento nos dejábamos adormecer por la vibración de los motores, cuando sin previo aviso, el sol blanco de Grecia se abría paso entre la bruma. Ante nuestros ojos se desplegaba, impresionante, la silueta negra y blanca de la Isla de Santorini. Nos acercábamos a una sorprendente y luminosa mole rocosa, rodeada de mar, y la visión de su imponente altura nos cortaba un instante la respiración, como si la nave fuera a atracar a las puertas de un misterio fantástico.
Por más que nuestro barco fondeara en aquella caldera volcánica semanalmente, por más que la costumbre pretendiera, con sus taimadas artes, difuminar la impresión que causaba la isla, nunca lo consiguió. Esta es la imagen que de forma más intensa se ha grabado en mi retina. La silueta elevada, oscura de basalto y lava, emergiendo del mar. La bellísima Santorini, erguida sobre su imperio acuático.

Después, la propia isla y su bulliciosa vida se encarga de atraer y tentar al nómada. El pueblo de Oia, parecía tener casi más tiendas que habitantes, pero con certeza tenía las más increíbles vistas de la caldera. Nos sentábamos en sus terrazas sobre el mar, a tomar el café frappe helado. “Glikó megala, parakaló” pedía al camarero, convertida en portavoz involuntaria por mis compañeros. Ante nosotros, el acantilado se deslizaba sobre el mar, poblado de casas blancas y cúpulas azul intenso, la marca propia de la arquitectura cíclada.
Más tarde bajábamos a Thira, la capital, a disfrutar de su colorido, de su variedad de comercios, de sus originales cafeterías. A veces nos dejábamos perder por sus callejueras, recreándonos en su ambiente interminable de verano, pero normalmente bajábamos al puerto de Skala. Desde el teleférico podíamos ver la antigua escalera que llevaba al puerto: 698 escalones, hoy una larga fila de burros subiendo y bajando. Asomados por la ventanilla, no solo se podían ver los burros, también los olíamos y nos asombrábamos del valor de los turistas que los cabalgaban.
Y aquí, en este pequeño puerto estaba el mejor secreto. Más allá de las dos tiendas de souvenirs, pasando un bonito restaurante, y un poco antes de llegar al Duty Free que no visita casi nadie, estaba el restaurante de Giorgos. Llegábamos empujándonos y riendo, sabiendo ya que nos esperaba la mejor comida que he probado en las islas. El Palia Skala era minúsculo, con mesas de madera azules. En el techo había tres bombillas rodeadas de vides, torneadas en círculo a modo de lámpara. Siempre había música griega, y el dueño canturreaba con frecuencia.
Entonces todo eran platos, pan recio que mojar en el salsiki con ajo, calamares enteros a la plancha rellenos de queso feta y tomate, o la típica faba. Y la ensalada de tomate... ahí descubrí por fín porque eran tan famosos los frutos de Santorini, una isla que apenas tiene agua. Detrás del restaurante, el griego tenía una huerta que producía los tomates más pequeñajos y feos de la historia. Pero su sabor... simplemente indescriptible.
Después de la comida, nos quedábamos sentados mirando el mar, antes de la obligada vuelta a nuestro barco. En esos momentos, en los que teníamos que evitar el amistoso, pero horrible café que nos ofrecían, eran en los que nos percatábamos en realidad de la naturaleza de la isla, de su carácter griego. Una belleza salvaje, imposible de domesticar, subyaciendo bajo el aparato turístico y las ventas. Los lugares auténticos son donde el tiempo parece estirarse. En Santorini el tiempo adopta vocación de acordeón. Por favor, si pasan por el puerto...saluden al gran Giorgos de mi parte.

Fotografía de D. Cermeño

12 mayo 2009

Pardal (I)

"Pardal sube corriendo por el terreno pedregoso, saltando matojos como una liebre desahuciada.
-¡Vienen!-grita sin aliento- ¡esconderos!
No hace falta más, de pronto todos los hombres están en movimiento, solo hacen falta unos instantes para que entre los árboles no quede vestigio que delate su presencia. Las piernas flacas y largas de Pardal rebasan al grupo y sigue corriendo monte arriba. Son muchos, los que ha visto. Nota el corazón golpeando en el pecho como en una cantera, pero sigue corriendo. La adrenalina, los músculos saben, más certeramente que el cerebro, que la vida le va en ello. Hace poco se enteró, en una aldea de Pedrouzo, que al Chaval le habían cogido un par de meses atrás. Le habían descerrajado un tiro. Apenas le sacaba dos años, pero él sí que llevaba escopeta. La de su padre, le había dicho. Había coincidido una única noche con el Chaval, compartiendo cena, refugio e historias. Entre fanfarrón y austero, le había mostrado su escopeta. Tenía escenas de caza grabados en la madera de la culata, y había sido un regalo que hacía mucho tiempo le habían hecho a su padre. Después, cuando ya estaban acostados sobre las mantas, en la oscuridad, el Chaval había añadido, sombrío
-Le estuve buscando durante días,… a padre, digo – hablaba despacio, con una voz ronca, que parecía de golpe extrañamente adulta- y cuando por fin lo encontré, me costó un ojo arrancársela de las manos. Los dedos de padre se habían quedado tan rígidos, agarrados a la culata y el cañón, que crujieron como ramas ¿Sabes como te digo? Como si se hubieran partido al tirar…

Pardal se quedó un poco impresionado. Al rato, recordando el orgullo con que le había enseñado la escopeta, le preguntó
-Oye, ¿Tú has matado a alguien ya?
El Chaval le sonrió con una boca de dientes partidos, que se adivinaban con la claridad de la menguante, y se encogió de hombros.
Pardal todavía no había matado a nadie, pero había visto muchos muertos. De los suyos, y de los otros. No eran la misma clase de muertos. Los cadáveres de los otros siempre le daban mucho más miedo. Cuando tenían que rapiñar y se acercaba ver si tenían balas o algo de valor, les pinchaba antes un rato con su palo. No solo para ver que estaban muertos de verdad, si no porque le daba la sensación que se iban a revolver en cualquier momento.

Las ramas crujían ahora bajo su peso, como dedos de muerto. Pero era lo único que escuchaba en su frenética carrera. Eso y el pulso batiendo en las sienes. Por más que se esforzaba, el chico no conseguía oír si venían detrás. Necesitaba un escondrijo, algo le decía que aquella vez sus piernas no serían suficientes. Dobló sobre la colina, dirigiéndose a un grupo de peñas, guiado por el instinto más que por la memoria. La grieta parecía hecha a propósito para él. Alguien más alto o menos flaco ni siquiera habría soñado con esconderse dentro. Jadeando por el esfuerzo, el chico se puso de lado y se arrastró por la abertura, arañándose con la piedra, hasta el hueco del interior. Se desplomó en la oquedad húmeda del suelo. Por encima de su cabeza la grieta se estrechaba y quedaba abierta al cielo. Resoplando, el chico se sintió por un momento a salvo. Tal vez hubiera suerte, aunque por lo que había visto allá abajo, tal vez no les alcanzara con la suerte. Nada indicaba que se fueran a retirar después de buscar unas horas, como otras veces. Había visto los furgones y los perros. Habían ido para recoger las ovejas que se habían descarriado, y a ellos ya no les quedaban lobos con los que hacer frente. Vicente había desaparecido en la última incursión, de su grupo apenas quedaban ya dieciocho hombres.
Es el miedo el que te dice esas cosas, Pardal, intentó convencerse a sí mismo. Dejó pasar las horas. Pero se equivocaba..."

27 abril 2009

Adelantando Beltaine

La vigilia se mezcla con el inconsciente en una cuerda floja peculiar. Cuarenta y cuatro, cuarenta y tres, cuarenta y dos, voy bajando los escalones de piedra, a veces de espaldas, a veces hacia delante. Las espirales se suceden, caracoles decrecientes, treinta y cinco, treinta y cuatro, el tamaño de los escalones crece y mengua bajo los influjos de lunas inmisericordes. La piedra permanece, mutando en sí misma invariablemente. Doce, once, diez, once no, nueve, ocho, el espacio cada vez es más pequeño, cada vez soy más pequeña, tres, dos, uno, oscuridad, el hueco se reduce al contorno de mi cuerpo encogido sobre sí mismo. Cero. La frente contra las piernas, la curva esférica de la espalda. Quietud. Pero algo ajeno, dañino ha venido en mi regreso. Alzo una mano hasta el cráneo. Busco a tientas, los dedos encuentran algo, agarran, tiran. El largo alfiler sale despacio del hueso. Lo miro sin sorpresa, tiene nombre propio y me hacía temer. Lo hago arder sobre la palma de mi mano. Apenas queda un grano minúsculo de ceniza. Pero hay más. Extraigo otro alfiler... me hacía caminar encorvada. Arde. Otro me susurraba insultos al oído. Otro, me hacía temblar insospechadamente ante juicios ajenos. Son varios. Bastantes. Arden todos, nada queda de ellos. Unas minúsculas perforaciones en el hueso. Abra que taparlas. Con semillas verdes, con algo que crezca, que se expanda. Está bien llevar en la cabeza una enredadera de hojas y flores, sonrío. Tal vez pronto tenga gusanos, hormigas de Dali, mariposas. Y después pájaros.

23 abril 2009

Tan

Tenía 14 años. Una tarde a la semana iba a jugar sola a la biblioteca. Paseaba por las estanterías, acariciaba los lomos de los libros, seguía un patrón cuidadosamente aleatorio. Me relamía considerando a mi próximo elegido. Poemas de Becquer, historias sobre El último dragón... Cualquier cosa que llamase mi atención. Aquel libro estaba ligeramente sobresaliente de la hilera. Era un voluminoso volumen, con un anodino "Relatos 2" en la portada. Leí en autor, era de un tal Julio Cortazar. Me llevé al desconocido a casa, apretado contra el pecho.
Así comenzó nuestra historia de amor.
Unilateral, es cierto (o relativo), casual, intenso como cualquier juego, como caminos repetidos. Su particular acento grabado en mí (tanto como en aquella cinta magnética que me regaló Javier, mi profesor de literatura (y sin embargo amigo, como le gusta añadir a él))
Y sin embargo, aún no he terminado de leer Rayuela.
Un cúmulo de casualidades y mi tendencia a no poseer los libros más que el tiempo que tardo en leerlos (y el tiempo que se quedan en mí, flotando o creciendo), ha hecho que nunca pasé más allá del meridiano. Siempre ha habído un viaje repentino y soñado que me ha partido la lectura.

Ahora, que sé que no voy a ninguna parte, ahora que he perdido toda la magia, ha venido Rayuela como regalo, como no sé que tabla de salvación, que campana, que vendaval... que necesidad de alejarme de tanta cordura.
Voy a disfrutarlo (me relamo)

12 marzo 2009

Sol de Diluvio

Mariposas amarillas trepan por las trenzas de una chica en la estación de Waverley, y el diluvio que nos espera arrasa las buhardillas de la Royal Mille. Hay goteras en los altos tejados, imprevistas, avalancha, despojadas, caen sobre cuerpos de amantes, sobre spatiphilium blancas, salpican de tierra las paredes, de semen los vientres. La tarde se recoje oscura lenta y después estalla con la blancura de un piano impúdico. Notas reversibles que me traen el calor del sol, mis manos al volante, sus pies pequeños, blancos, de niña descarada sobre la guantera. Comiendo chocolate y cantando en voz en grito, la cabeza fuera de la ventanilla. Mis dedos dibujando rutas sobre mapas imposibles a su mirada, Estoril. Sus pies descalzos corriendo al puerto.

26 febrero 2009

Hemisferio

Fue mi nieta la que trajo el cuadro. Se empeño en colgarlo enfrente de la cama, para que pudiera verlo bien. Era precioso, en el se veía una pequeña aldea, de chozas techadas con hojas de palmera, rodeada de vegetación verde, y a la izquierda se veía una playa larguísima de arena blanca.
Después de colocarlo con cuidado, me guiñó un ojo con malicia. Siempre me ha parecido una muchacha un tanto misteriosa.
Algunas noches, me quedaba mirando el cuadro, ya acostada. Si me fijaba bien, me daba la sensación que en las casitas había luces prendidas, incluso en una ocasión me pareció que en la playa había el diminuto punto brillante de una hoguera. No me molestaba para dormir, así que no le di importancia.
Fue para Navidades cuando me percaté que la vegetación estaba mucho más verde, y que habían comenzado a salir florecillas de colores en los árboles, así que supuse que la aldea debía encontrarse en la otra mitad del hemisferio, y que allí la primavera estaba comenzando.
Efectivamente, para Febrero, todos los niños de la aldea estaban ya alborotando en la playa, hacían fiestas junto al agua, y los más jóvenes se dedicaban a entrenar pequeños monos para que recogiesen los cocos de las ramas más altas.
Sin embargo no fue hasta hace unos días que descubrí, armada con mis gafas de ver de cerca, a mi Ralph saliendo de una de las cabañas del fondo. Claro, por eso llevaba tantos año sin verle, se había mudado aquí. Está bronceado y tan feliz que vuelve a parecer un jovencito. Ahora vivo con él.
En la residencia están todos buscándome como locos. Parece que nadie se ha dado cuenta de dónde estoy, y me consideran desaparecida. Solo mi nieta se ha acercado un par de veces al borde del cuadro, y me ha guiñado un ojo travieso, pero sé que no va a decir nada.
Aquí el clima es perfecto. Ralph y yo estamos fabricando una canoa para ir a la isla de al lado, me han dicho que allí además, hay unas piñas increíbles.

18 febrero 2009

Literatura, mutantes y sombreros blancos

Me decía hace poco, mi amigo y maestro, el poeta J.H, que la literatura necesitaba más sombreros blancos. Él suele hablar así, porque vive cerca del mar y una marea de metáforas va siempre lamiéndole las sandalias claras. A mi me desconcierta, pero siempre se apiada de mi ceño interrogativo y se aclara, entre giros y vueltas, que tal vez no sean efectivamente esclarecedores, pero que son sin duda evocativos. Los sombreros blancos son los que se pone uno sobre la cabeza para que venga cualquier mariposa y escribirla. Y empieza a nombrarme sombreros blancos, Cortazar llevaría corona, o casi una casa entera, un palacio blanco sobre la coronilla, la mejor antena. Me dice que los librerías se están llenando de mutantes. Los mutantes tienen calendarios y horas de trabajo al día. Diseccionan las mariposas, las amasan y las extienden durante capítulos, tienen una estructura y una sintaxis impecable, y se llenan de orgullo y de best sellers. J. sonríe, me da con la punta del índice un golpecito en la nariz, como si fuera a contarme un secreto y añade:
-Pero no tienen corazón.

La idea se queda un momento flotando sobre nosotros, libélula verde, mientras J. se saca un hueso de aceituna de la boca, se gira y la arroja en dirección al mar. Para él es fácil. La parte trasera de su casa tiene las vistas más hermosas que conozco, con el porche bajo el gran ficus que nos da sombra, y el acantilado extendiéndose más allá, la cala dorada de atardecer allá abajo. El sonido de las cigarras se mezcla con ese olor característico a pinos y sal.
Me cruzo de brazos, yo, que llevo semanas peleando laboriosamente con la novela, que he diseccionado la mariposa esmeradamente en seis capítulos, y todo se ha vuelto reglado, medido y coherente.
- Oye, que cada uno hace lo que puede- protesto
- Pues no lo decía por ti
- No, claro que no, nunca escribiría un best seller
La risa de J. suena cristalina
- No será porque no te apetezca, mercenaria

Pero tiene razón, como todas las locuras. Si hay un motivo por el que la novela se ha estancado es ese. La primera chispa ha desaparecido a favor de otras cosas. Lo descubro mientras paseamos, igual que él me descubre por qué he ido a verle. Para que me encuentre las cosquillas como claves. De verle tantas mariposas jugando alrededor salen las mías. Me contagio. J. solo me pregunta ¿Qué quieres contar? Y entonces descubro que me había equivocado de páginas, que las que llevo escritas no son mías, y mientras alineo las palabras para él, puedo ver las mariposas vivas que me habían despertado saliendo de mi boca, y él me dice que ya sabe dónde está esa primera chispa que he recuperado. Justo ahí. Brillando en los ojos.

01 abril 2008

signos y traducciones viajeras

Sobre la cubierta siete hay un lugar secreto, tras cadenas y puertas que solo permiten el paso a la tripulación. Una proa por encima de todas las luces, donde el viento del mar es feroz y hermoso. Donde de pronto aparece el resguardo perfecto de una entrada, y te deja, sin viento ya, a merced inclemente de los millones de estrellas que dominan en el negro imperio del Atlántico. Tanta belleza, lo confirmo, te deja sin aliento.

Y al volver, como quien encuentra un viejo amigo y un secreto, me tropiezo grabado en el frontal de las escaleras el poema de Kavafis. Entonces las señales y los guiños del azar se desnudan un momento. Para mí



Keep Ithaka always in your mind.
Arriving there is what you're destined for.
But don't hurry the journey at all.
Better if it lasts for years,so that you're old
by the time you reach the island,wealthy
with all you've gained on the way,
not expecting Ithaca to make you rich.
Ithaca gave you the marvelous journey.
Without her you would have not set out.
She has nothing left to give you now.
And if you find her poor,
Ithaca won't have fooled you.
Wise as you will have become,
so full of experience,
you'll have understood by then
what these Ithacas mean.

Constantino Kavafis, Ithaca

30 marzo 2008

Ad astra per aspera

No hace frío, pero el agua de la ducha me hace sentir repentinamente vulnerable, debajo de mis pies la fría superficie de la bañera brilla, reprimo la intempestiva necesidad de dejar mi cuerpo resbalar hasta quedar ovillada en esa superficie desalmada, con la lluvia de la ducha golpeando la piel. Aún así, me siento, pongo el tapón y miro las espirales vacías de la nada llenando el tiempo, mientras la bañera se convierte en un recipiente artificial de amniótico. Sumerjo la cabeza y mis oídos se aíslan de todos los sonidos, el agua los aleja al mismo tiempo que los amplifica, suenan de otro mundo, y la presión va creciendo en los pulmones. Lo único que quiero es dormir, cerrarme sobre el agua como en una bolsa, tejer una crisálida líquida y desaparecer del mapa. No sé cuanto tiempo estoy, soy, permanezco. Sé que cuando por fin me levanto, la piel está erizada de frío y los labios que refleja el espejo están algo violetas. Pero esa que veo no soy yo. Seguro. Veo como lentamente la boca se abre en un grito mudo. Tanto se abre en silencio que se desencaja la mandíbula, dos manos aparecen creciendo desde la garganta, sujetando los bordes de la boca como las manos de un nadador abriéndose camino. A los dedos, manchados de sangre y de líquidos, le siguen unos brazos, una cabeza, una espina dorsal, y al fin unas piernas, luchando por desprenderse de una piel resbaladiza y vieja. Respiro acelerada tras la guerra. Entonces me veo recién parida, aún mojada. Y los ojos que me miran desde el espejo son tan intensos como hambrientos. Asienten. Reconocen. Brillan. Una de mis manos deja una insólita tijera sobre la pila, que ya no es blanca. Tiene el mismo color castaño que el cabello que está por todas partes. Me paso una mano por la cabeza, valorando el tacto nuevo del pelo corto. Muy corto. Otra sale desnuda del cuarto de baño, con un golpe de talón. Es primavera.
Let me be, no more no less, than a beautiful mess. Marlango

Atrás solo quedan los saurios...

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