Entradas

La caída de la flor del cerezo

Me inclino sobre la anthurium y juego a que mis manos recojan con delicia las hojas secas, una a una. Un ritual estival, el blanco salón se ha llenado de plantas que esperan armoniosamente mis cuidados.
Mis manos, insospechadamente sabias están oscurecidas de substrato. Son un cuenco que se llena de tierra, conscientes de la grave liviandad que supone esa materia, vida concentrada en el puño pequeño. Las garzas de mis manos van quietamente recorriendo. Enderezan una guía para la monstera. Fertilizan las futuras flores. Van eliminando sin tijeras, tan solo con un chasquear del pico, las hojas que son un peso que dejar atrás. Tengo cien años.
Suena el CD que me trajo LuWei cuando vino a vernos. Hay sonidos de viento madera que no reconozco, y cuerdas que son pulsadas y me hablan en otro idioma. Tanta quietud.
Desentierro con los dedos los bulbos dormidos de verano, y la música tal vez me trae a la memoria algo que me dijeron, hace algún tiempo, unos ojos azules. Cómo se imbrican a veces…

Santorini.Azul y blanco sobre la luna del volcán

Imagen
La proa de la embarcación iba adentrándose, como un pez despistado y feliz, en el banco de calima. Había algo en aquel simulacro de nube que potenciaba el olor a mar y el cabeceo de la nave. Tal vez era la forma en que la humedad se posaba en la piel y la acercaba al escalofrío sin cruzarlo, capaz de hacerte sentir en el mismo despertar del día, como si estuvieras navegando sobre la mañana.
Por un momento nos dejábamos adormecer por la vibración de los motores, cuando sin previo aviso, el sol blanco de Grecia se abría paso entre la bruma. Ante nuestros ojos se desplegaba, impresionante, la silueta negra y blanca de la Isla de Santorini. Nos acercábamos a una sorprendente y luminosa mole rocosa, rodeada de mar, y la visión de su imponente altura nos cortaba un instante la respiración, como si la nave fuera a atracar a las puertas de un misterio fantástico.
Por más que nuestro barco fondeara en aquella caldera volcánica semanalmente, por más que la costumbre pretendiera, con sus taimadas …

Pardal (I)

"Pardal sube corriendo por el terreno pedregoso, saltando matojos como una liebre desahuciada.
-¡Vienen!-grita sin aliento- ¡esconderos!
No hace falta más, de pronto todos los hombres están en movimiento, solo hacen falta unos instantes para que entre los árboles no quede vestigio que delate su presencia. Las piernas flacas y largas de Pardal rebasan al grupo y sigue corriendo monte arriba. Son muchos, los que ha visto. Nota el corazón golpeando en el pecho como en una cantera, pero sigue corriendo. La adrenalina, los músculos saben, más certeramente que el cerebro, que la vida le va en ello. Hace poco se enteró, en una aldea de Pedrouzo, que al Chaval le habían cogido un par de meses atrás. Le habían descerrajado un tiro. Apenas le sacaba dos años, pero él sí que llevaba escopeta. La de su padre, le había dicho. Había coincidido una única noche con el Chaval, compartiendo cena, refugio e historias. Entre fanfarrón y austero, le había mostrado su escopeta. Tenía escenas de caza gra…

Adelantando Beltaine

La vigilia se mezcla con el inconsciente en una cuerda floja peculiar. Cuarenta y cuatro, cuarenta y tres, cuarenta y dos, voy bajando los escalones de piedra, a veces de espaldas, a veces hacia delante. Las espirales se suceden, caracoles decrecientes, treinta y cinco, treinta y cuatro, el tamaño de los escalones crece y mengua bajo los influjos de lunas inmisericordes. La piedra permanece, mutando en sí misma invariablemente. Doce, once, diez, once no, nueve, ocho, el espacio cada vez es más pequeño, cada vez soy más pequeña, tres, dos, uno, oscuridad, el hueco se reduce al contorno de mi cuerpo encogido sobre sí mismo. Cero. La frente contra las piernas, la curva esférica de la espalda. Quietud. Pero algo ajeno, dañino ha venido en mi regreso. Alzo una mano hasta el cráneo. Busco a tientas, los dedos encuentran algo, agarran, tiran. El largo alfiler sale despacio del hueso. Lo miro sin sorpresa, tiene nombre propio y me hacía temer. Lo hago arder sobre la palma de mi mano. Apenas q…

Tan

Tenía 14 años. Una tarde a la semana iba a jugar sola a la biblioteca. Paseaba por las estanterías, acariciaba los lomos de los libros, seguía un patrón cuidadosamente aleatorio. Me relamía considerando a mi próximo elegido. Poemas de Becquer, historias sobre El último dragón... Cualquier cosa que llamase mi atención. Aquel libro estaba ligeramente sobresaliente de la hilera. Era un voluminoso volumen, con un anodino "Relatos 2" en la portada. Leí en autor, era de un tal Julio Cortazar. Me llevé al desconocido a casa, apretado contra el pecho.
Así comenzó nuestra historia de amor.
Unilateral, es cierto (o relativo), casual, intenso como cualquier juego, como caminos repetidos. Su particular acento grabado en mí (tanto como en aquella cinta magnética que me regaló Javier, mi profesor de literatura (y sin embargo amigo, como le gusta añadir a él))
Y sin embargo, aún no he terminado de leer Rayuela.
Un cúmulo de casualidades y mi tendencia a no poseer los libros más que el tiempo q…

Sol de Diluvio

Mariposas amarillas trepan por las trenzas de una chica en la estación de Waverley, y el diluvio que nos espera arrasa las buhardillas de la Royal Mille. Hay goteras en los altos tejados, imprevistas, avalancha, despojadas, caen sobre cuerpos de amantes, sobre spatiphilium blancas, salpican de tierra las paredes, de semen los vientres. La tarde se recoje oscura lenta y después estalla con la blancura de un piano impúdico. Notas reversibles que me traen el calor del sol, mis manos al volante, sus pies pequeños, blancos, de niña descarada sobre la guantera. Comiendo chocolate y cantando en voz en grito, la cabeza fuera de la ventanilla. Mis dedos dibujando rutas sobre mapas imposibles a su mirada, Estoril. Sus pies descalzos corriendo al puerto.

Hemisferio

Fue mi nieta la que trajo el cuadro. Se empeño en colgarlo enfrente de la cama, para que pudiera verlo bien. Era precioso, en el se veía una pequeña aldea, de chozas techadas con hojas de palmera, rodeada de vegetación verde, y a la izquierda se veía una playa larguísima de arena blanca.
Después de colocarlo con cuidado, me guiñó un ojo con malicia. Siempre me ha parecido una muchacha un tanto misteriosa.
Algunas noches, me quedaba mirando el cuadro, ya acostada. Si me fijaba bien, me daba la sensación que en las casitas había luces prendidas, incluso en una ocasión me pareció que en la playa había el diminuto punto brillante de una hoguera. No me molestaba para dormir, así que no le di importancia.
Fue para Navidades cuando me percaté que la vegetación estaba mucho más verde, y que habían comenzado a salir florecillas de colores en los árboles, así que supuse que la aldea debía encontrarse en la otra mitad del hemisferio, y que allí la primavera estaba comenzando.
Efectivamente,…