Pardal (I)

"Pardal sube corriendo por el terreno pedregoso, saltando matojos como una liebre desahuciada.
-¡Vienen!-grita sin aliento- ¡esconderos!
No hace falta más, de pronto todos los hombres están en movimiento, solo hacen falta unos instantes para que entre los árboles no quede vestigio que delate su presencia. Las piernas flacas y largas de Pardal rebasan al grupo y sigue corriendo monte arriba. Son muchos, los que ha visto. Nota el corazón golpeando en el pecho como en una cantera, pero sigue corriendo. La adrenalina, los músculos saben, más certeramente que el cerebro, que la vida le va en ello. Hace poco se enteró, en una aldea de Pedrouzo, que al Chaval le habían cogido un par de meses atrás. Le habían descerrajado un tiro. Apenas le sacaba dos años, pero él sí que llevaba escopeta. La de su padre, le había dicho. Había coincidido una única noche con el Chaval, compartiendo cena, refugio e historias. Entre fanfarrón y austero, le había mostrado su escopeta. Tenía escenas de caza grabados en la madera de la culata, y había sido un regalo que hacía mucho tiempo le habían hecho a su padre. Después, cuando ya estaban acostados sobre las mantas, en la oscuridad, el Chaval había añadido, sombrío
-Le estuve buscando durante días,… a padre, digo – hablaba despacio, con una voz ronca, que parecía de golpe extrañamente adulta- y cuando por fin lo encontré, me costó un ojo arrancársela de las manos. Los dedos de padre se habían quedado tan rígidos, agarrados a la culata y el cañón, que crujieron como ramas ¿Sabes como te digo? Como si se hubieran partido al tirar…

Pardal se quedó un poco impresionado. Al rato, recordando el orgullo con que le había enseñado la escopeta, le preguntó
-Oye, ¿Tú has matado a alguien ya?
El Chaval le sonrió con una boca de dientes partidos, que se adivinaban con la claridad de la menguante, y se encogió de hombros.
Pardal todavía no había matado a nadie, pero había visto muchos muertos. De los suyos, y de los otros. No eran la misma clase de muertos. Los cadáveres de los otros siempre le daban mucho más miedo. Cuando tenían que rapiñar y se acercaba ver si tenían balas o algo de valor, les pinchaba antes un rato con su palo. No solo para ver que estaban muertos de verdad, si no porque le daba la sensación que se iban a revolver en cualquier momento.

Las ramas crujían ahora bajo su peso, como dedos de muerto. Pero era lo único que escuchaba en su frenética carrera. Eso y el pulso batiendo en las sienes. Por más que se esforzaba, el chico no conseguía oír si venían detrás. Necesitaba un escondrijo, algo le decía que aquella vez sus piernas no serían suficientes. Dobló sobre la colina, dirigiéndose a un grupo de peñas, guiado por el instinto más que por la memoria. La grieta parecía hecha a propósito para él. Alguien más alto o menos flaco ni siquiera habría soñado con esconderse dentro. Jadeando por el esfuerzo, el chico se puso de lado y se arrastró por la abertura, arañándose con la piedra, hasta el hueco del interior. Se desplomó en la oquedad húmeda del suelo. Por encima de su cabeza la grieta se estrechaba y quedaba abierta al cielo. Resoplando, el chico se sintió por un momento a salvo. Tal vez hubiera suerte, aunque por lo que había visto allá abajo, tal vez no les alcanzara con la suerte. Nada indicaba que se fueran a retirar después de buscar unas horas, como otras veces. Había visto los furgones y los perros. Habían ido para recoger las ovejas que se habían descarriado, y a ellos ya no les quedaban lobos con los que hacer frente. Vicente había desaparecido en la última incursión, de su grupo apenas quedaban ya dieciocho hombres.
Es el miedo el que te dice esas cosas, Pardal, intentó convencerse a sí mismo. Dejó pasar las horas. Pero se equivocaba..."

Comentarios

ybris ha dicho que…
Promete el relato.
De momento queda bien definida la angustia de la caza humana y el ansia por sobrevivir.

Besos.

Entradas populares de este blog

Tan

Literatura, mutantes y sombreros blancos

Adelantando Beltaine