Santorini.Azul y blanco sobre la luna del volcán

La proa de la embarcación iba adentrándose, como un pez despistado y feliz, en el banco de calima. Había algo en aquel simulacro de nube que potenciaba el olor a mar y el cabeceo de la nave. Tal vez era la forma en que la humedad se posaba en la piel y la acercaba al escalofrío sin cruzarlo, capaz de hacerte sentir en el mismo despertar del día, como si estuvieras navegando sobre la mañana.
Por un momento nos dejábamos adormecer por la vibración de los motores, cuando sin previo aviso, el sol blanco de Grecia se abría paso entre la bruma. Ante nuestros ojos se desplegaba, impresionante, la silueta negra y blanca de la Isla de Santorini. Nos acercábamos a una sorprendente y luminosa mole rocosa, rodeada de mar, y la visión de su imponente altura nos cortaba un instante la respiración, como si la nave fuera a atracar a las puertas de un misterio fantástico.
Por más que nuestro barco fondeara en aquella caldera volcánica semanalmente, por más que la costumbre pretendiera, con sus taimadas artes, difuminar la impresión que causaba la isla, nunca lo consiguió. Esta es la imagen que de forma más intensa se ha grabado en mi retina. La silueta elevada, oscura de basalto y lava, emergiendo del mar. La bellísima Santorini, erguida sobre su imperio acuático.

Después, la propia isla y su bulliciosa vida se encarga de atraer y tentar al nómada. El pueblo de Oia, parecía tener casi más tiendas que habitantes, pero con certeza tenía las más increíbles vistas de la caldera. Nos sentábamos en sus terrazas sobre el mar, a tomar el café frappe helado. “Glikó megala, parakaló” pedía al camarero, convertida en portavoz involuntaria por mis compañeros. Ante nosotros, el acantilado se deslizaba sobre el mar, poblado de casas blancas y cúpulas azul intenso, la marca propia de la arquitectura cíclada.
Más tarde bajábamos a Thira, la capital, a disfrutar de su colorido, de su variedad de comercios, de sus originales cafeterías. A veces nos dejábamos perder por sus callejueras, recreándonos en su ambiente interminable de verano, pero normalmente bajábamos al puerto de Skala. Desde el teleférico podíamos ver la antigua escalera que llevaba al puerto: 698 escalones, hoy una larga fila de burros subiendo y bajando. Asomados por la ventanilla, no solo se podían ver los burros, también los olíamos y nos asombrábamos del valor de los turistas que los cabalgaban.
Y aquí, en este pequeño puerto estaba el mejor secreto. Más allá de las dos tiendas de souvenirs, pasando un bonito restaurante, y un poco antes de llegar al Duty Free que no visita casi nadie, estaba el restaurante de Giorgos. Llegábamos empujándonos y riendo, sabiendo ya que nos esperaba la mejor comida que he probado en las islas. El Palia Skala era minúsculo, con mesas de madera azules. En el techo había tres bombillas rodeadas de vides, torneadas en círculo a modo de lámpara. Siempre había música griega, y el dueño canturreaba con frecuencia.
Entonces todo eran platos, pan recio que mojar en el salsiki con ajo, calamares enteros a la plancha rellenos de queso feta y tomate, o la típica faba. Y la ensalada de tomate... ahí descubrí por fín porque eran tan famosos los frutos de Santorini, una isla que apenas tiene agua. Detrás del restaurante, el griego tenía una huerta que producía los tomates más pequeñajos y feos de la historia. Pero su sabor... simplemente indescriptible.
Después de la comida, nos quedábamos sentados mirando el mar, antes de la obligada vuelta a nuestro barco. En esos momentos, en los que teníamos que evitar el amistoso, pero horrible café que nos ofrecían, eran en los que nos percatábamos en realidad de la naturaleza de la isla, de su carácter griego. Una belleza salvaje, imposible de domesticar, subyaciendo bajo el aparato turístico y las ventas. Los lugares auténticos son donde el tiempo parece estirarse. En Santorini el tiempo adopta vocación de acordeón. Por favor, si pasan por el puerto...saluden al gran Giorgos de mi parte.

Fotografía de D. Cermeño

Comentarios

ybris ha dicho que…
Perfectamente retratado.
Se palpa el tiempo detenido.
Es el placer de hacer viajes con la imaginación mientras se lee.

Besos.

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