Cada vez me ocurre con más frecuencia. No sé que impulso me despierta en medio de la noche, pero instantáneamente me encuentro totalmente lúcida. Despejada, pero con la ligera sensación de algo que no termina ser la vigilia común, algo como una extraña claridad, producto de la noche que modifica, lo sé, mi percepción habitual. Noto los sentidos despiertos, aguzados. Escucho el viento azotando los ventanales, y me encuentro a mi misma vistiéndome, calzándome las zapatillas, reconociendo un deseo que se me revuelve como un animal dentro del pecho. Cruzo la casa a oscuras, absolutamente en silencio. Son las cuatro de la mañana, fuera hay 15 grados de temperatura. Camino por calles desiertas y pequeñas, iluminadas con la luz amarilla y pobre de las farolas, me desvío por el camino de Wivenhoe. Y casi sin transición me encuentro pisando un camino de tierra, que se adentra en un bosque de robles y zarzas. Mis pasos crujen levemente en el silencioso rumor del bosque, en esta ...