Santorini.Azul y blanco sobre la luna del volcán

La proa de la embarcación iba adentrándose, como un pez despistado y feliz, en el banco de calima. Había algo en aquel simulacro de nube que potenciaba el olor a mar y el cabeceo de la nave. Tal vez era la forma en que la humedad se posaba en la piel y la acercaba al escalofrío sin cruzarlo, capaz de hacerte sentir en el mismo despertar del día, como si estuvieras navegando sobre la mañana. Por un momento nos dejábamos adormecer por la vibración de los motores, cuando sin previo aviso, el sol blanco de Grecia se abría paso entre la bruma. Ante nuestros ojos se desplegaba, impresionante, la silueta negra y blanca de la Isla de Santorini. Nos acercábamos a una sorprendente y luminosa mole rocosa, rodeada de mar, y la visión de su imponente altura nos cortaba un instante la respiración, como si la nave fuera a atracar a las puertas de un misterio fantástico. Por más que nuestro barco fondeara en aquella caldera volcánica semanalmente, por más que la costumbre pretendiera, con sus taimadas...